El dios maya apareció un momento en la plaza de la catedral, y mi amiga y yo nos quedamos mirándole boquiabiertas, fue el único chico al que prestamos atención por iniciativa propia en toda la noche, precisamente porque fue el único que no nos hizo caso. Desapareció y volví a encontrarlo sólo frente a un pequeño vodevil ravaleño, casi al final de la noche, gracias al cual compartimos las primeras risas. Acabamos en un bar despiezando los vericuetos del deseo. Yo tiraba la caña y él recogía el carrete. Estábamos disfrutando de un flirteo descarado sabiendo que no iba a pasar nada.
Y es que a veces se puede gozar más con una conversación amena que con una mal llevada cita con las sábanas. Lo más bonito del encuentro con el pequeño dios hondureño que quién sabe qué dios sabrá si volveré a ver, fue la vuelta a casa. Terminamos la noche bien entrada la mañana paseando Sant Antoni arriba, yo cogida de su brazo y ambos en una conversación subidita de tono a la que ya nos habíamos acostumbrado y con la que nos sentíamos algo más que cómodos.
Parece que le gusté, pues cuando dejé su brazo me pidió por favor que no lo hiciera. Ya que no me había llevado a la cama, me dijo, por lo menos quería disfrutar de llevarme como si fuera mi chico. Me invitó entonces a que imagináramos que salíamos de casa después de haber hecho el amor, bien satisfechos. Y así, calle arriba, agafats del bracet y con una total complicidad, imaginando que acabábamos de tener una buena sesión de sexo con amor, la serpiente emplumada y yo, la pantera modesta, nos dejamos mecer por la mañana barcelonesa en aras de un renacer sexual.
1 comentari:
Y no era yo. Mala suerte la mía.
Siempre suyo
Un completo gilipollas
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