dimecres, 12 de gener del 2011

Una historia con final feliz

(Cuento inspirado y escrito para A.)
 
Un día se atrevió, limpió las telarañas de la ventana que daba al exterior, y se asomó: allí estaba él, el escudero con la armadura más brillante que había visto en mucho tiempo… Espada en mano la conquistó, canción por aquí, batalla por allá. El castillo tenía las compuertas abiertas de par en par, el foso limpio desde hacía tiempo.

Apasionadamente como caracteriza a nuestra heroína, se entregó y se volatilizó, vapor de agua al calor de sus abrazos. Sin embargo, una sombra vaga se cernía sobre el Reino Amante… Algo en ella, una granito de mijo al principio, le latía y le susurraba «No es el escudero el buen sendero…».

Poco a poco entre los dos fueron regando, abonando, e hicieron crecer la semilla: un detalle por aquí, un malentendido por allá, una foto en el rincón equivocado… Y finalmente llegó el momento más temido y deseado a la vez, la historia llegó a su fin. Y así fue, y así lo cuento. Hasta aquí, la historia ya tiene un final feliz, pues pocos son capaces de cortar el árbol cuando aún puede dar leña que quemar. Pero aún hay más.

En el Reino Amante, al poco de borrarse las últimas huellas del escudero farrullero, un día llegó un mensajero, apuesto, valiente y divertido, atrevido, y sin tener en cuenta su condición, llamó a la puerta de la Reina y le dijo «Traigo un mensaje: no busques más, he venido para quedarme» Y la Reina respondió: «Eres tú, mensajero, a quién yo más quiero. Pasa y quédate, juntos haremos nuestros días más certeros.»

Nuestra heroína había pasado por muchas pruebas, y finalmente había llegado el hombre tanto tiempo esperado. Así fue, y así lo cuento. La Reina y el mensajero fueron felices y comieron perdices, y colorín colorado, la historia ya ha empezado.